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Descubrieron un antepasado del “hobbit” que vivió hace 50.000 años

Unos pequeños homínidos que vivieron hace 700.000 años eran probablemente los antepasados del misterioso hombre de Flores, anunciaron antropólogos tras hallazgos en esa isla de Indonesia.

Dos estudios publicados el miércoles en la revista británicaNature ponen fin a más de una década de controversias acerca del origen del hombre de Flores, apodado «hobbit» a causa de su pequeña estatura.

«Estos extraños homínidos ya estaban presentes en la isla hace 700.000 años», explicó a la AFP Yusuke Kaifu, del Museo Nacional de la Naturaleza y de las Ciencias del Ibaraki, en Japón. «Estaba asombrado cuando vi estos nuevos fósiles», agregó.

El hombre de Flores, que vivió hace unos 50.000 años, fue descubierto en septiembre de 2003 en la gruta de Liang Bua de esa isla indonesia.

De un metro de estatura y 25 kg de peso, tenían la cabeza anormalmente pequeña con relación al cuerpo, con un cerebro del tamaño del de un chimpancé. Ello les valió el apodo de «hobbits», como los pequeños personajes de El señor de los anillos de Tolkien.

Desde entonces, los científicos intentaban explicar de dónde provenían estos pequeños seres, la razón de su baja estatura y de su presencia en la isla. Para algunos antropólogos, el hombre de Flores sería un descendiente de pequeños Homo habilis o de australopitecos llegados de África. Según otros, sería un Homo erectus que se fue achicando para adaptarse a la escasez de recursos.

El miércoles, Yusuke Kaifu y su equipo anunciaron en Nature el descubrimiento en 2014 de nuevos fósiles en la isla.

El tesoro antropológico, descubierto en el sitio de Mata Menge a 100 kilómetros de la gruta de Liang Bua, donde se hallaron los famosos «hobbits», comprende un fragmento de mandíbula y seis dientes.

Puede considerárselo un tesoro porque porque el fragmento de mandíbula proviene de una más pequeña que la mandíbula más chica del hombre de Flores.

Las osamentas fueron fechadas por Adam Brumm de la Universidad de Wollongong en Australia en unos 700.000 años, según otro estudio que también publica Nature este miércoles.

«Lo que encontramos fue una gran sorpresa», dijo Adam Brumm a la AFP. «Y da a pensar que el Homo floresiensis es una especie sumamente antigua, que adquirió muy temprano su talla pequeña, tal vez poco después de llegar a la isla, hace cerca de un millón de años».

El descubrimiento desacredita una de las hipótesis avanzadas hasta ahora por ciertos investigadores de que si el homínido estaba presente desde hace 700.000 años, no podía ser unHomo sapiens, que apareció mucho más tarde en la Tierra.

Y el descubrimiento puso fin a la polémica: el hombre de Flores no era un sapiens enfermo, con microcefalia o trisómico.

Fuente: Infobae

Reducir el azúcar mejora la vida de los niños en sólo 10 días

Hasta hace poco, enfermedades crónicas como hígado graso, diabetes de tipo 2, dislipidemia e hipertensión eran cosa de adultos. Pero eso cambió y hoy se presentan en los niños.

Una explicación común apunta a que la obesidad se convirtió en epidémica, y como consecuencia los niños sufren esas patologías. Un grupo de investigadores de la Universidad de California en San Francisco y de Touro University pensó otra cosa. El problema no es la cantidad de calorías sino algunas calorías en particular, plantearon. Apuntaron a las calorías del azúcar, que promueve la resistencia insulínica y por ende este tipo de enfermedades, conocidas como síndrome metabólico.

Hicieron un estudio sobre 43 voluntarios de nueve a 18 años (27 de ellos latinos y 16 afroamericanos, poblaciones especialmente sensibles a la diabetes), todos obesos y con al menos un trastorno de su metabolismo, a quienes les redujeron la cantidad de azúcar de sus dietas.

«Isocaloric fructose restriction and metabolic improvement in children with obesity and metabolic syndrome» («Restricción isocalórica de la fructuosa y mejora metabólica en niños con obesidad y síndrome metabólico»), que se difundió en la publicación científica Obesity, probó que en sólo 10 días todos los patrones de salud metabólica de los niños mejoraron: la presión sanguínea, los triglicéridos, el colesterol LDL (el malo); los niveles de tolerancia a la glucosa y los de insulina circulante.

Comían las mismas calorías.

Comían el mismo porcentaje de hidratos de carbono.

La única diferencia: habían reducido su ingesta de azúcar.

Infobae dialogó con uno de los autores del trabajo, Alejandro Gugliucci, profesor de Bioquímica y decano adjunto de Investigación en Touro University sobre este trabajo que puede demostrar que, así como en el pasado cercano se ignoraban los peligros del tabaco, hoy se ignoran los del azúcar.

—¿Cómo llegaron a la idea de sacar el azúcar pero sin eliminar sus calorías vacías, sino reemplazándolas por las de otros carbohidratos complejos?

—El concepto que todos tenemos —el público en general y los médicos— es que uno engorda porque hay muchas calorías en la dieta. También sabemos que si uno come mucho azúcar, engorda. Ahora bien: si uno quiere buscar una explicación sobre el azúcar que vaya más allá de las calorías, tiene que hacer un estudio en el cual las calorías se mantengan iguales. Porque si una persona adelgaza diez kilos, todos los problemas de pre-diabetes bajan o prácticamente desaparecen. En ese caso la explicación se confunde: uno no sabe si el cambio se debe a que cambió de peso o fue porque hay algo específico en la dieta. Lo mismo pasa si se baja el nivel de carbohidratos y se mantienen las calorías: se puede pensar que el problema eran los carbohidratos en general, es lo mismo el arroz que la papa, la pasta o el azúcar.

Los resultados que asombraron a los médicos

Los investigadores analizaron primero qué comían los participantes; luego hicieron el reemplazo para que el porcentaje de macronutrientes se mantuviera idéntico en la nueva dieta, que carecía de azúcar y reemplazaba las calorías de ese carbohidrato por las del almidón. Tuvieron que tener en cuenta particularidades del grupo a estudiar: «Esta dieta para el estudio, apta para niños, incluía varias comidas procesadas, con poco o nada de azúcar, como salchichas de pavo, pizza, burritos de frijoles, chips de papas horneadas y palomitas de maíz», se lee en el artículo.

—¿Cómo fue el proceso del estudio?

—Fue un estudio más complicado —siguió el profesor Gugliucci—. Los dietistas interrogaron a cada niño y les hicieron anotar todo lo que comían durante la semana. Luego calcularon las calorías y lograron darles las mismas en total y las mismas en carbohidratos. La única diferencia fue que les bajamos la cantidad de azúcar casi tres veces. Para eso aumentamos las calorías en forma de otros carbohidratos, también comida procesada: se les sacaron las galletas dulces y se les pusieron bagels. Se le sacaron los jugos de naranja y de manzana y las bebidas refrescantes azucaradas.

—¿Por qué se estableció una meta de 10 días para el experimento?

—Por varias razones. Una, económica: son estudios muy caros. A los niños se les dio toda la alimentación controlada, preparada en una cocina metabólica en la Universidad de California. Otra: hay un estudio previo de Touro University también —del cual yo no participé— que mostró que alcanzaba con dos semanas de cambio en la cantidad de fructuosa en la dieta para que los parámetros subieran o bajaran en adultos. Por último, cambiarle la dieta a un niño —sacarle los refrescos, el jugo, las galletas dulces— es complicado: el sufrimiento del niño es muy difícil de sostener por más de 10 días.

Gugliucci y el resto del equipo debieron sufrir bastante más tiempo hasta saber si esos 10 días bastarían para dar resultados confiables. «Tuvimos la preocupación de que acaso nada saliera» dijo, «porque estos estudios se hacen en doble ciego: los médicos ven al niño pero luego las muestras del niño van a laboratorios diferentes con números, sin nombres». Los investigadores no podían saber si una muestra correspondía al día uno al día 10 de la dieta y, por supuesto, nada sobre la identidad del niño. «No supimos los resultados hasta cuatro años y medio después, no pudimos tener resultados preliminares. Todo fue muy controlado. Al fin los conocimos y nos asombramos de la potencia de los cambios».

El que destacó el profesor: «La insulina les bajó alrededor de un 40% en 10 días nada más».

La importancia del dato es capital no sólo ante la actual epidemia de diabetes, sino porque al menos la quinta parte de las personas tienen genes prevalentes que los van a hacer diabéticos si la dieta se los permite.

En los Estados Unidos los niños consumen cuatro veces más azúcar que lo que se considera un límite saludable, con consecuencias como la hiperactividad en las escuelas. Sin embargo, el problema dominante a nivel nacional es el que abordaron los investigadores que dirigió el médicoRobert Lustig, profesor del Departamento de Pediatría de la Universidad de California en San Francisco y endocrinólogo infantil en el hospital de niños de la institución: la obesidad y, sobre todo, los trastornos metabólicos. Y más allá de los Estados Unidos: en países como India, Pakistán y China la diabetes de tipo 2 tiene mucha presencia sin que prevalezca la obesidad. «Eso sugiere que las calorías en sí no explican el fenómeno», escribieron en el artículo que presentó el experimento.

La explicación se orientó al azúcar porque se metaboliza por el hígado, lo que aumenta la resistencia a la insulina y potencia el riesgo de diabetes, enfermedad coronaria y problemas hepáticos, además de interferir el sentimiento de saciedad.

LOS NIÑOS EN EEUU CONSUMEN 40 CUCHARADITAS DE TÉ POR DÍA DE AZÚCAR Y LO RECOMENDADO SON 10

La restricción del azúcar mejoró todos los parámetros metabólicos en los niños estudiados: en sólo 10 días redujeron la presión sanguínea, los triglicéridos y el colesterol; también mejoraron la tolerancia a la glucosa y el problema de la hiperinsulinemia. «Esta es la primera gran evidencia de que el factor es el azúcar, no las calorías: eso es lo más importante de este estudio», sintetizó el profesor Gugliucci.

—¿Cuáles son las consecuencias de ese hallazgo?

—Las calorías totales son importantes, claro, pero si es el azúcar solo, es más fácil de controlar que si son las calorías totales. Este hallazgo es de gran importancia en salud pública porque la epidemia de diabetes en el niño —que se corrió en los últimos veinte años de los adultos a los niños— transforma a ese niño que ya es gordito en una persona que será una víctima de su insulina, y lo único que hará es engordar más: cuanto más insulina hay, más comida se quiere, y el cerebro menos atiende a la razón del tejido adiposo que indica que hay que dejar de comer.Estos niños no sólo tendrán una vida más corta sino que van a tener una serie de complicaciones que antes las veíamos cuando llegábamos a los 65 o 70 años, y si ellos empiezan veinte o treinta años antes, las tendrán igualmente antes. Son vidas que se acortan, son enormes sufrimientos familiares.

—¿Y desde el punto de vista de la salud pública?

—Son gastos enormes para el sistema de salud, que se va a romper. Porque si bien la epidemia de obesidad va ligada a la epidemia de diabetes, la de diabetes avanza un 30% más rápido. Están ligadas pero hay una que tiene otra explicación. Pensamos que es el increíble consumo de azúcar. Los niños en este país consumen 40 cucharaditas de té por día de azúcar y lo recomendado son 10, y hay gente que dice que sólo seis. Si pudiéramos sacarles eso, es muy probable que en pocos años empecemos a ver que, por lo menos la epidemia de diabetes, va a alcanzar un tope y después va a ir para atrás.

El estudio tiene otra importancia potencial. Décadas atrás la industria tabacalera negaba las asociaciones entre el consumo de cigarrillos y cánceres como el de pulmón o el de páncreas. Fueron necesarios muchos estudios científicos para que las autoridades sanitarias intervinieran en el asunto, mientras mucha gente perdió calidad de vida, y la vida misma. Algo así podría suceder con el azúcar en el porvenir, acaso no demasiado lejano.

«Este es un estudio», dijo el profesor de Touro University. «Y no hay nada en ciencia que se pueda considerar un axioma hasta que no esté comprobado por un equipo independiente. Nosotros casi tenemos la contraprueba: recientemente una colega nuestra, en la Universidad de Davis, hizo un estudio muy parecido pero al revés: a sus estudiantes, adultos jóvenes, les agregó a la dieta un vaso grande por día de una bebida azucarada o de su equivalente sin azúcar. Y los dejó comer lo mismo. Los estudió durante dos semanas y encontró el calco, pero invertido, de lo que encontramos nosotros en los niños. Es decir que si uno agrega azúcar se va para un lado malo, y si se la saca se va para un lado bueno.

Fuente: Infobae.com

El picante, ¿bueno o malo para la salud?

Los hay de todo tipo e intensidad. Los que dan un toque de sazón al paladar y los que te quitan la respiración y te hacen llorar.

Durante miles de año el ají picante, los chiles, jalapeños, o la pimienta han sido parte de ese placer culinario y masoquista de los humanos, únicos mamíferos en consumirlo, dividiéndonos entre quienes los consumimos y quiénes no.

Ahora, más allá de su sabor, hay razones médicas que apuntan a que el picante puede convertirse en nuestro mejor aliado. Pero, ¿por qué?

Te hiere, te cura

Paul Bosland, de la Universidad del Estado de Nuevo México, en Estados Unidos, cuenta que hace 20.000 años, cuando el hombre llegó al hemisferio occidental, se encontró con una planta que le producía dolor.

«La planta –el ají- los afectaba, pero se propusieron domesticarla porque le encontraron utilidad, y creo que fue para fines medicinales», relata Bosland.

Pero ese poder para sanar, se contrasta con el potencial para producir lesiones, y eso ha generado históricos debates entre científicos, médicos y nutricionistas.

Un equipo de la Academia de Ciencias Médicas de China revisó durante varios años el comportamiento de casi 500.000 participantes de un estudio en ese país.

Encontraron que los individuos que afirmaban utilizar picante en sus comidas una o dos veces a la semana, registraban una tasa de mortalidad 10% menor que aquellos que consumían picante menos de una vez por semana.

La diferencia se amplía a medida que las personas ingieren alimentos picantes seis o siete veces a la semana.

El ají picante fue la especie más utilizada en las muestras del estudio, y quienes lo consumieron fresco disminuyeron en particular el riesgo de morir de cáncer, enfermedades coronarias y diabetes.

Lu Qi, miembro del equipo investigador y amante del picante, señala que hay muchas razones que explican estos efectos.

«Los datos obtenidos nos animan a pensar que al comer más comida picante mejoramos nuestra salud, y reducimos el riesgo de mortalidad en personas de edad avanzada», comenta.

No obstante, Qi aclara que el picante puede que no sea beneficioso para personas con problemas digestivos o úlceras estomacales.

Los secretos de ají

Para mirar dónde reside el poder del ají, córtelo y en su interior descubrirá una suerte de placenta amarilla a la cual están pegadas las semillas.

En la mayoría de las variedades de ají, en ese lugar se esconde su arma secreta: la capsaicina, un compuesto químico que genera irritación en los mamíferos.

La capsaicina se mide en la escala Scoville, una medida del picor en los chiles. Se cuenta en unidades de calor, es decir, en el número de veces que una muestra de ají seco debe ser diluida por su propio peso en agua con azúcar antes de perder su calor.

Para un pimentón verde la escala registra cero.

Pero para un ají habanero la medición oscila entre 100.000 y 350.000. La capsaicina pura alcanza una cifra de 16 millones, por lo que no se recomienda su uso ni culinario ni medicinal.

Como un arma química

Aún cuando el simple contacto con el chile Cuernos Rojos puede quemarte por completo la garganta, el extracto de capsaicina luce inodoro e incoloro, y por su intensidad está prohibido su consumo en la Unión Europea.

Así que su uso es más efectivo como arma, en el conocido formato de spray.

Desde tiempos precolombinos el ají se ha utilizado como arma. Se dice que los mayas quemaban hileras de esta planta para crear una cortina de humo que causaba irritación al entrar en contacto con ella.

Y en lo que parece ser una versión antigua del rincón del castigo, el códice azteca muestra a un padre obligando a un niño de ojos llorosos a acercarse a un hoyo con chiles encendidos.

Medicina contra el dolor

El códice azteca también muestra cómo se utilizaba para calmar el dolor de dientes, una función analgésica que se mantiene hasta nuestros días.

Joshua Tewksbury, un historiador de la Universidad de Washington, considera que la sensación de irritación que sentimos al exponernos al pimentón es un truco de la evolución.

«En realidad no estamos sufriendo una quemadura por la capsaicina, como sí la sufriríamos si tocáramos la hornilla encendida de una cocina, pero nuestro cerebro sí lo cree», dice el académico.

Además agrega que solo los mamíferos pueden tener esa sensación. Los pájaros, por ejemplo, pueden comerse los pimientos como si fueran cotufas sin sentir el ardor.

En ese sentido, Tewksbury estima que la planta evolucionó de tal manera que se hizo repelente a aquellos animales que pudieran triturar sus semillas con los dientes, e inofensiva a aquellos que podían ayudarla a esparcirlas.

También evolucionó para combatir microbios.

Esto tuvo gran relevancia en los tiempos previos a la medicina y a la refrigeración, y en especial en zonas ubicadas cerca del trópico, donde las personas eran más vulnerables a las bacterias que podían afectarlos o a sus alimentos.

El chile picante destruye o inhibe 75% de estos patógenos.

Eso puede explicar su éxito alrededor del mundo. Solo dos o tres años después de que Cristóbal Colón trajera las semillas de capsaicina que encontró en sus viajes por el Nuevo Mundo en 1493, los mercaderes portugueses la llevaron a Asia, donde terminaría por transformar el modo de cocinar.

El clima influye

En algún momento se llegó a decir que los habitantes de países con clima caluroso comían picante porque los hacía sudar, lo cual refrescaba la piel.

En 1988 investigadores de la Universidad de Cornell descubrieron que en países como India, Tailandia y China, el uso de las especies tendía a ser por su condición antibacterial.

Además, las mismas eran más utilizadas en naciones cercanas al ecuador, o áreas de valles húmedos y altiplanos.

La relación del pimentón con el clima, y el riesgo presente de enfermedades infecciosas, fue más grande que sus condiciones naturales para crecer.

O como diría Tewksbury, los humanos que vivían en zonas con climas peligrosos desarrollaron un gusto por el picante que «probablemente salvó muchas vidas».

Como antioxidante

Ahora también se sabe que es una fuente de antioxidantes. Por ejemplo, 42 gramos de esta especie puede sustituir la dosis diaria de vitamina C, aunque hay que admitir que esa cantidad puede darle un sabor muy fuerte al curry.

También son ricas en vitamina A, y en minerales como hierro y potasio.

La capsaicina ha sido incluso vinculada con la pérdida de peso. Estudios realizados este año por la Universidad de Wyoming, en Estados Unidos, revelan que ratones alimentados con una dieta alta en grasas registraron una aceleración del metabolismo, logrando quemar más energía y de esta forma perder peso.

Otro experimento publicado el mes pasado y realizado por la Universidad de Adelaida, Australia, descubrió que la interacción entre la capsaicina y las paredes del estómago juegan un papel importante en la sensación de sentirnos llenos.

Sobre esa misma línea, estudios anteriores parecieran respaldar la función controladora del apetito que pudiera tener el picante.

Fuente: BBC

La importancia de la primera menstruación

La mayor parte de mujeres comienzan sus ciclos menstruales a eso de los 13 años, pero un nuevo estudio sugiere que si esto sucede años antes o después, se corre el riesgo de padecer del corazón.

El estudio realizado por investigadores de la Universidad de Oxford in Bretaña analiza los datos recolectados de 1,3 millones de mujeres en su mayoría blancas, en las edades entre 50 y 64 años.

Los investigadores notaron un patrón entre las mujeres que tuvieron su primer ciclo menstrual a los 10 años o antes, o a los 17 o después.

Durante los 10 años en que fueron monitoreadas, estos dos grupos tuvieron el 27% de más riego de hospitalización o muerte a causa del corazón. Hubo 16% más de hospitalizaciones o muertes a causa de apoplejía, y la alta presión llevó a un aumento del 20% en la probabilidad de hospitalización o muerte relacionadas.

Dexter Canoy, el principal autor del estudio, es un epidemiólogo cardiovascular en la Unidad de Epidemiología de Cáncer dentro del Departamento de Salud Pública de la Universidad de Oxford.

Canoy afirmó que hay una fuerte relación entre la edad de la menarquia, cuando ocurre el primer período de una mujer, y los padecimientos del corazón y el riesgo de apoplejía.

Al trazarse en una gráfica, dice que se vería como una letra U, con el riesgo más alto de enfermedad cardiovascular entre las que comenzaron a menstruar a una edad muy temprana en una punta de la U, y las que lo hicieron más tarde ya de adolescentes, en la otra.

Las que comenzaron a menstruar a eso de los 13 años, lo cual es lo usual, tuvieron el menor riesgo y están representadas en la parte baja de la U.

“Sean o no delgadas, tengan sobre peso o sean obesas, siempre encontramos la misma asociación en forma de U, aun cuando se toma en cuenta, por ejemplo, que se están tomando medicamentos para la presión alta, o el colesterol alto o la diabetes. La asociación se mantiene”,dijo.

Un artículo que explica esta relación ha sido publicado en la revista de la Asociación Americana del Corazón, Circulation.